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EDITORIAL

El cambio de década resultó ser especialmente traumático, a un mundo complejo y convulso, se sumó una pandemia que obligó a alrededor de un cuarto de la población mundial a permanecer en cuarentena. Desde inicios de año, la proliferación del virus SARS-CoV-2 fue ganando importancia hasta que hoy, transcurrida la mitad del año, es el principal hecho en todo el mundo.

La falta de información sobre el virus y el poco conocimiento sobre la enfermedad han favorecido una espiral de información que ha oscilado entre las teorías conspirativas que atribuyen al virus a una creación de laboratorio, y la reciente retracción de artículos científicos que mostraban la efectividad de un medicamento para el tratamiento de la COVID-19. Aunque los efectos son diversos, la causa general es una la desatención que tiene la ciencia hoy en día.

Si bien muchos de los efectos de la pandemia son inevitables, muchos pudieron haber sido mitigados. A primera vista, la respuesta sería el desarrollo de tecnología para encontrar vacunas que generan inmunidad al contagio o medicamentos para el tratamiento. La pregunta, sin embargo, no es si lo lograremos, ni siquiera cuándo, la pregunta es quienes y a qué costo podrán acceder a estos medicamentos en un futuro cercano.

Por otro lado, la cantidad de noticias falsas e información inexacta dan cuenta de la baja cultura científica que existe, ni los grandes medios acogieron con seriedad la necesidad de incorporar el periodismo científico a su línea editorial, ni la mayoría de los gobiernos entendieron la necesidad de comunicar las medidas preventivas y paliativas a la población. Ante la debilidad de las capacidades científicas y de la falta de movilización de las instituciones científicas en favor de la toma de decisiones basada en la evidencia, fueron más bien la sociedad civil organizada e investigadores a título personal, quienes contribuyeron a informar a la población, criticar las políticas de emergencia y desmentir noticias falsas.

Lejos de renovar el optimismo, debemos renovar el escepticismo, la pandemia no solo evidenció las debilidades de las capacidades e instituciones científicas en Latinoamérica, quizás con la única excepción de Argentina, sino también, un gris futuro que revierta esta realidad. Ecuador, en particular, no solo no movilizó sus capacidades científicas, sino que además intensificó su crisis de desconfianza social y deterioro de la calidad de vida de las personas en base a recortes presupuestarios y medidas de austeridad.

 

Esta edición, busca contribuir a la problematización de la pandemia de la COVID-19 y sus efectos en la vida social en varios sentidos: un homenaje, más allá del aplauso para todos quienes ayudan en la contención de la enfermedad y en el estudio del virus; un llamado de atención para los políticos que han preferido tomar decisiones sin basarse en la evidencia, exponiendo a la ciudadanía; y un cuestionamiento a la comunidad científica y profesional: ¿qué estamos investigado? ¿para quién lo hacemos? ¿cómo lo estamos comunicando?

Carl Sagan dijo en la década de los 90’s que “Vivimos en una sociedad profundamente dependiente de la ciencia y la tecnología en la que nadie sabe nada de estos temas. Esto constituye una fórmula segura para el desastre.” Parece haber acertado.

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