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Deuda histórica de la

ciencia con las diversidades sexuales

Por: Enrique Darquea

Corría el año de 1990, exactamente un 17 de mayo, cuando la Organización Mundial de la Salud (OMS) eliminó a la homosexualidad de su lista de enfermedades mentales. Este evento constituye un hito trascendental en la lucha del colectivo LGBTIQ+, que durante años había encarado la discriminación y la exclusión de forma cotidiana. Sin embargo, este hecho no borraría por completo la problemática que este grupo enfrentó y sigue enfrentando.


Basta ver como la homosexualidad aún es condenada, incluso con la pena de muerte en países como Irán, Arabia Saudita, Yemen, Nigeria o Somalia (Gayo, 2019). Además, sectores renuentes al cambio, insisten en tratar a las diversidades sexuales como patologías, al basarse en un entramado de conceptos e ideas que varias corrientes religiosas, filosóficas y las pseudociencias (o falsa ciencia) han ayudado a construir y mantener de alguna forma vigentes.


Si bien el panorama ha cambiado favorablemente en los últimos años, con avances graduales en la conquista de derechos del colectivo LGBTIQ+, aún es largo el camino por recorrer. Así, es fundamental analizar el rol que la pseudociencia ha jugado en la construcción de estereotipos y modelos mentales acerca de las diversidades sexuales, y cómo la ciencia legítima aún mantiene una deuda histórica con ellas. Sólo hay que dar un vistazo a los valiosos aportes que este colectivo ha brindado, y sigue generando en materia científica, para comprender la dimensión de dicha deuda.


Un hecho clave para entender integralmente esta problemática, fue la mudanza del discurso homofóbico desde distintas corrientes de pensamiento, hacia el campo científico. Una vez llegado, fue bien recibido por ciertas corrientes de la psiquiatría, la psicología y la biología durante los siglos XIX y XX. De esta manera, inició una búsqueda por darle un falso tinte “científico” y, por ende, de aceptación, a ideas homofóbicas y discriminatorias.


La pseudociencia pasó a constituirse en una nueva herramienta de los grupos de poder, para la difusión de un modelo “único” y “válido” de orientación sexual: la heterosexualidad; convirtiendo en “antinatural” o “patológico” a todo aquello que se encontraba por fuera de ella. Uno de los primeros en hacerlo fue el psiquiatra alemán Richard von Krafft Ebing, quien clasificó a la homosexualidad como una “perversión sexual” en su libro “Psychopathia Sexualis” de 1896 (García y Falcone, 2014). A partir de ese momento, la psiquiatría, cada vez más influenciada por ideas homofóbicas, racistas y eugenésicas, caracterizó a la homosexualidad como una enfermedad.


Comenzó una “carrera” pseudocientífica por conocer las “causas de la homosexualidad” e incluso se elaboraron “criterios diagnósticos” para la misma, que guiaban la práctica clínica de psiquiatras y psicólogos alrededor del mundo. Dichos criterios reposaban, hasta hace unas décadas atrás, en la segunda edición del manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM) de la Asociación Estadounidense de Psiquiatría, o en la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE) de la OMS.  

Durante mucho tiempo tuvieron validez científica una serie de aberraciones en la experimentación con humanos tales como “tratamientos” o “terapias de conversión” para “curar” la homosexualidad. Por ejemplo, en la Alemania nazi, se llevó a cabo la esterilización, la castración o terapias hormonales en homosexuales (Bastian, 2000). Así también, Alan Turing, considerado como uno de los “padres de la computación”, por sus importantes contribuciones en el campo de la Informática, fue condenado en Inglaterra unos años más tarde, en 1952, a la castración química por el simple hecho de ser homosexual (Botta y Mora, 2016). 


En Estados Unidos, Robert Galbraith Heath experimentó colocando electrodos en el cerebro de un hombre homosexual para aplicarle electroshocks, con el supuesto fin de “regresarlo a la heterosexualidad”. La lobotomía (corte total o parcial de los lóbulos frontales del cerebro), fue aplicada y popularizada por muchos médicos de inicios del siglo XX como “tratamiento” para la homosexualidad. Uno de ellos fue el estadounidense Walter Freeman, quien sometió a muchas personas, entre ellas homosexuales, a esta técnica; defendiendo su aparente efectividad (Pichel, 2018).


Dentro de la psicología, se utilizaron las denominadas “terapias de reorientación” o “conversión sexual”. Varios psiquiatras y psicólogos defendieron su eficacia, a pesar de que, años más tarde, se llegaría a comprobar que dichos procedimientos aumentaban el riesgo de ansiedad, depresión y suicidio en las personas que fueron sometidas a ellos. A pesar de esto, aún existen lugares donde se siguen empleando estas “terapias”, por lo que varios países como el caso de Ecuador, han condenado y prohibido su aplicación (Romero, 2018).


En la actualidad, las técnicas y procedimientos mencionados anteriormente, son considerados como pseudocientíficos, además de ser altamente peligrosos, motivo por el cual son criticados, regulados o prohibidos. Su aplicación despertó el debate a nivel mundial sobre los límites de la experimentación y se establecieron regulaciones cada vez más estrictas en lo que a bioética concierne. No obstante, las ideas homofóbicas y discriminatorias siguieron su curso en los años posteriores.

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En otro hecho digno de mencionarse, James Watson, recordado por recibir el Premio Nobel de Medicina y Fisiología en 1962, junto a Francis Crick y Maurice Wilkins por el “descubrimiento de la estructura del ADN”, ha destacado por sus declaraciones polémicas. A lo largo de años ha emitido comentarios e ideas racistas y misóginas. Este biólogo estadounidense declaró en una entrevista de 1997 en el diario “The Sunday Telegraph” que si se descubre un “gen de la homosexualidad” y se supiera que un niño va a ser homosexual antes de nacer, las mujeres deberían tener el derecho a abortar (Pichel, 2018).

 
Todas estas ideas, y muchas otras, que fueron aceptadas en su tiempo, no tienen cabida dentro del debate científico serio en la actualidad. Sin embargo, originaron estereotipos que han guiado conductas de aversión hacia las personas LGBTIQ+. Estos patrones de comportamiento han provocado un deterioro en la calidad de vida de las personas que forman parte de las diversidades sexuales. Y es que, cabe la siguiente pregunta: ¿qué reacción podíamos esperar de la población, si la ciencia “instruía” y mencionaba por todos los medios posibles, que la homosexualidad era una enfermedad? En palabras simples, se legitimó la homofobia y la discriminación.


A pesar de que hoy en día la ciencia reconoce a las diversidades sexuales como justamente eso: variantes de la orientación sexual que no son ni antinaturales, ni mucho menos patológicas, el daño persiste. No es sorprendente que algunos profesionales de la ciencia y catedráticos, sigan catalogando a la homosexualidad como una enfermedad. Así mismo, es todavía común que gran parte de la población tenga un comportamiento negativo frente a orientaciones sexuales distintas a la heterosexual.


Han pasado 30 años desde el retiro de la homosexualidad de la lista de enfermedades de la OMS. Entonces es imperante cuestionarnos lo siguiente: ¿Qué ha hecho la ciencia desde entonces para remediar la problemática causada por la pseudociencia y que envuelve a las diversidades sexuales? Si bien dejar de catalogar a la homosexualidad como una enfermedad, fue de suma importancia, aún es mucho lo que a la comunidad científica le falta por hacer.


Tomemos en cuenta los aportes que las diversidades sexuales han dado dentro del campo científico y que han sido medulares para el avance y progreso de la ciencia. Ya se mencionó a Turing y sus contribuciones a la Informática, pero también podemos nombrar (por mencionar algunos) a Sally Raid, que fue la primera mujer lesbiana en viajar al espacio y una de las primeras figuras LGBTIQ+ conocidas en la historia de la NASA. También tenemos a Ben Barres, quien fue el primer científico transgénero de la Academia de Ciencias de Estados Unidos, y cuyas investigaciones sobre las interacciones entre neuronas y células gliales fueron un gran aporte en el campo de la Neurobiología.

Ahora, pensemos por un momento en la cantidad de científicas y científicos LGBTIQ+ que aún están desarrollando sus trabajos desde el anonimato o proyectando una imagen que no es la suya propia por el miedo constante de ser juzgados por su orientación sexual o, incluso, de perder sus trabajos. No es sorprendente que muchos desistan de sus sueños de hacer ciencia porque el entorno donde querían desarrollar sus objetivos, los estigmatizaba por ser quienes son.


Es imperativo recalcar el papel que la divulgación científica y la educación tienen en la deconstrucción de estereotipos y modelos mentales sobre la diversidad sexual. Es clave que la ciencia tome acciones puntuales que estén encaminadas a remediar las problemáticas causadas como producto de su mal uso. Un ejercicio de reflexión evitaría que la homofobia siga teniendo cabida en el discurso científico o en la docencia, enmascarándose bajo falsos tecnicismos y conceptos obsoletos.


Hemos visto como la pseudociencia y la homofobia se difundieron fácilmente y tuvieron cabida en textos, manuales, folletos e, inclusive, cómo guiaron la aplicación de técnicas y procedimientos lesivos. Entonces, ¿por qué la ciencia y el sistema educativo aún son renuentes a hablar de diversidades sexuales? ¿Qué hay de la homofobia en el campo científico en la actualidad? La ciencia, de la mano de la educación, puede generar cambios esenciales en la concepción que la sociedad tiene de las diversidades sexuales. 

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Es necesario insistir en cambiar y derribar modelos mentales excluyentes con el objetivo de lograr una transformación epistemológica en cuanto a las diversidades sexuales dentro de la ciencia. Abrir el debate acerca de esta deuda histórica con el colectivo LGBTIQ+, nos guiará hacia una comunidad científica más inclusiva y justa, que sea un modelo de referencia para alcanzar cambios a un nivel más general. Sólo así podremos hablar de que la ciencia es realmente diversa y que ha generado una sociedad mucho más equitativa, donde abracemos nuestras diferencias y construyamos un futuro mucho más prometedor. 

Referencias:

Bastian, Till (2000). Homosexuelle im Dritten Reich. Geschichte einer Verfolgung. Múnich: Beck.


Botta, M. y Mora, Y. (2016). Alan Turing: un genio desconocido. Actas del Sexto Congreso Uruguayo de Educación Matemática. Disponible en: http://funes.uniandes.edu.co/18053/1/Botta2016Alan.pdf

 

García, G. y Falcone R. (2014). Perversión e inversión sexual en la Psiquiatría Argentina a principios del siglo XX.  Anuario de Investigaciones de la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires, 21, 171-170. Disponible en: https://www.redalyc.org/articulo.oa?id=3691/369139994062

Gayo, M. (19 de mayo de 2019). Los siete países donde ser gay cuestan la vida por lapidación. El Español. Recuperado de: https://www.elespanol.com/mundo/20190519/paises-gay-cuesta-vida-lapidacion/399211052_0.html

 

Pichel, J. (26 de marzo de 2018). Freeman, el 'doctor picahielo' que lobotomizó a la hermana de John F. Kennedy. El Español. Recuperado de: https://www.elespanol.com/ciencia/investigacion/20180326/freeman-doctor-picahielo-lobotomizo-hermana-john-kennedy/294220978_0.html

 

Pichel, J. (9 de septiembre de 2018). Racista, machista, homófobo... y padre del ADN: así es el ganador del Nobel más odiado. El Español. Recuperado de: https://www.elespanol.com/ciencia/investigacion/20180909/racista-machista-homofobo-adn-ganador-nobel-odiado/335467328_0.html

 

Romero, D. (2018). La inalienabilidad de los derechos humanos: Comunidad
LGBTIQ+. (Tesis de Licenciatura). Universidad San Francisco de Quito.